Soberanía digital en Europa: por qué 7 de cada 10 españoles se preocupan por un concepto que aún no conocen

• Solo el 29% de los españoles afirma conocer el concepto de soberanía digital, pero la mayoría comprende sus implicaciones. • El 86% considera que Europa debe desarrollar tecnologías propias para competir globalmente. • La preocupación se centra en la dependencia tecnológica, la seguridad, la inteligencia artificial y la protección de datos. • El 70% elegiría una plataforma europea si ofreciera las mismas prestaciones que una alternativa no europea. • Ciudadanos y empresas coinciden en que reforzar las capacidades tecnológicas europeas es clave para la competitividad y la autonomía futura.

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Ainhoa Siguero Fadrique Seguir

Tiempo de lectura: 16 min

Soberanía digital en Europa: una preocupación creciente, aunque todavía desconocida para muchos ciudadanos

La soberanía digital se ha convertido en una preocupación creciente para ciudadanos y empresas europeas, aunque todavía sigue siendo un término desconocido para gran parte de la población. El informe Soberanía Digital en Europa 2026, elaborado por Fundación Telefónica, revela una paradoja significativa: mientras solo tres de cada diez españoles afirman conocer el concepto, una amplia mayoría identifica los riesgos asociados a la dependencia tecnológica exterior y reclama una mayor capacidad europea para desarrollar tecnologías estratégicas. Los resultados muestran una estrecha relación entre soberanía digital, seguridad, confianza, protección de datos, inteligencia artificial y competitividad. En un contexto donde la transformación digital condiciona cada vez más la economía y la vida cotidiana, la capacidad de Europa para innovar, decidir y competir tecnológicamente emerge como una de las cuestiones más relevantes para su futuro.

Imaginemos que guardamos nuestras fotos, nuestros ahorros, nuestros informes sanitarios y nuestras conversaciones de chat en una caja fuerte. Sabemos que funciona bien, pero desconocemos quién tiene las llaves, bajo qué leyes opera o qué ocurriría si un día cambian las reglas de acceso.

En realidad, algo parecido sucede cada día cuando utilizamos aplicaciones, almacenamos información en la nube, realizamos pagos digitales o trabajamos con herramientas de inteligencia artificial.

La cuestión no es si estas tecnologías son útiles o no. La pregunta es si tenemos capacidad para decidir sobre tecnologías de las que dependemos cada vez más.

Esa es, en esencia, la conversación sobre soberanía digital.

Curiosamente, mientras el concepto todavía resulta desconocido para gran parte de la población, existe una creciente conciencia sobre sus implicaciones. El informe Soberanía Digital en Europa 2026 de Fundación Telefónica revela una paradoja especialmente interesante: solo el 29% de los españoles afirma haber oído hablar de este término, pero el 82% considera que Europa depende de empresas tecnológicas de otros países y el 86% cree que debería desarrollar sus propias tecnologías para ser más competitiva.

Es decir, muchos ciudadanos desconocen el significado exacto del concepto, pero perciben claramente lo que implica. Y esa percepción es transversal a toda la sociedad, independientemente de la edad, el género, el tamaño de la población o la actividad profesional.

Esto nos dice algo importante. La soberanía digital ha dejado de ser una conversación exclusiva de expertos, responsables públicos o compañías tecnológicas para convertirse en una cuestión de interés social, porque la tecnología ya no es únicamente una herramienta. Se ha transformado en una infraestructura esencial para la economía, la educación, la sanidad, la seguridad y las comunicaciones.

Hoy dependemos de redes de telecomunicaciones, centros de datos, servicios cloud, plataformas digitales, sistemas de ciberseguridad y herramientas de inteligencia artificial para desarrollar actividades cotidianas y para mantener en funcionamiento organizaciones, empresas e instituciones. Sin embargo, a diferencia de otras infraestructuras críticas, estas suelen ser invisibles para la mayoría de nosotros.

No vemos los centros de datos donde se almacena nuestra información. No solemos preguntarnos quién desarrolla los algoritmos que utilizamos cada día. Y mucho menos bajo qué jurisdicción operan muchos de los servicios digitales que forman parte de nuestra rutina.

Pero cada vez somos más conscientes de que estas cuestiones importan.

Los datos del informe muestran que los ciudadanos no perciben esta dependencia únicamente como un asunto tecnológico. Existe una conexión directa con la seguridad, la confianza y la capacidad de decisión. El 62% considera que la dependencia tecnológica exterior puede representar una amenaza para la seguridad europea. Además, los ámbitos que generan una mayor preocupación son precisamente aquellos que tendrán un papel estratégico en los próximos años, como la inteligencia artificial o los sistemas de pago.

No es difícil entender por qué.

La tecnología influye cada vez más en las decisiones que afectan a nuestra vida diaria. Los sistemas digitales gestionan operaciones financieras, organizan flujos de información, facilitan servicios esenciales y almacenan datos personales y corporativos de enorme valor.

Por eso la conversación sobre soberanía digital está estrechamente ligada a otra palabra clave: confianza.

El informe refleja que el 90% de los españoles muestra preocupación por el acceso de grandes plataformas tecnológicas a información bancaria, el 85% por los datos patrimoniales y fiscales y cerca del 80% por la información sanitaria o relacionada con la movilidad.

No estamos hablando únicamente de privacidad. Estamos hablando de quién controla, gestiona y protege información que forma parte de nuestra vida personal y profesional. Estamos hablando de la capacidad de los ciudadanos y de las instituciones para comprender qué ocurre con esos datos y bajo qué reglas se utilizan.

Lo más interesante es que esta preocupación no supone un rechazo a la tecnología. Más bien refleja lo contrario.

Vivimos más conectados que nunca. Utilizamos servicios digitales constantemente y reconocemos el enorme valor que aportan. La tecnología facilita el acceso al conocimiento, mejora la productividad, conecta personas y abre nuevas oportunidades económicas y sociales.

Lo que parece emerger de esta escucha social es una demanda de equilibrio. Un equilibrio entre innovación y confianza, entre apertura y autonomía, entre aprovechar las oportunidades de la transformación digital y mantener capacidad de decisión sobre ella.

Porque la soberanía digital no consiste en desconectarse del mundo. Tampoco implica levantar barreras tecnológicas o sustituir unas dependencias por otras. La cuestión de fondo es si Europa dispone de capacidades propias suficientes para innovar, competir y decidir en ámbitos estratégicos.

En este sentido, uno de los hallazgos más relevantes de la encuesta es que existe una predisposición clara a apoyar alternativas europeas. El 70% de los ciudadanos afirma que elegiría una plataforma europea si ofreciera las mismas prestaciones que una no europea.

Este dato cambia el enfoque habitual del debate.

Con frecuencia hablamos de soberanía digital desde la preocupación: la dependencia tecnológica, la brecha con otras regiones o la pérdida de competitividad. Sin embargo, los resultados muestran también una oportunidad. Los ciudadanos no solo identifican un problema; también están dispuestos a respaldar las soluciones.

La misma señal llega desde el ámbito empresarial.

Las empresas españolas perciben igualmente una elevada dependencia tecnológica exterior y señalan la inteligencia artificial, los servicios cloud, la ciberseguridad, el almacenamiento de datos y las plataformas digitales como ámbitos donde Europa debería reforzar sus capacidades. Además, nueve de cada diez responsables empresariales consideran que los gobiernos europeos deberían impulsar activamente el desarrollo de tecnología propia.

Cuando ciudadanía y empresas coinciden de forma tan clara en el diagnóstico, resulta evidente que estamos ante una cuestión estructural.

Y esa cuestión tiene mucho que ver con la competitividad futura de Europa.

Porque la soberanía digital no trata únicamente de tecnología. También habla de talento, educación, investigación, industria, innovación, inversión, ética y capacidad para transformar conocimiento en soluciones competitivas. Habla de la posibilidad de desarrollar tecnologías alineadas con los intereses y los valores europeos. Y habla, en última instancia, de la capacidad para decidir cómo queremos construir nuestro futuro digital.

Europa cuenta con fortalezas importantes para afrontar este desafío. Dispone de universidades de referencia internacional, centros de investigación punteros, infraestructuras avanzadas, empresas innovadoras y una sólida tradición en materia de protección de derechos y confianza digital.

El reto no parece ser tanto generar conocimiento como convertir ese conocimiento en escala, innovación y liderazgo tecnológico.

Precisamente de esta reflexión nace THINK&DO TECH, una iniciativa impulsada por Fundación Telefónica para conectar pensamiento estratégico y capacidad de acción en torno a uno de los grandes desafíos de Europa: fortalecer sus capacidades tecnológicas propias desde un modelo competitivo, confiable, escalable y alineado con los valores democráticos europeos.

La iniciativa parte de una idea sencilla: el debate sobre soberanía tecnológica solo será realmente útil si es capaz de traducirse en colaboración, talento, alianzas y proyectos concretos. Por eso busca reunir a expertos, empresas, instituciones, investigadores y sociedad civil para generar una comprensión compartida de este reto e identificar oportunidades de actuación que contribuyan a reforzar la autonomía tecnológica europea.

En línea con la visión de Telefónica de impulsar una digitalización centrada en las personas, esta iniciativa refuerza una idea cada vez más presente en el debate tecnológico europeo: la innovación genera mayor valor cuando se combina con confianza, capacidad de decisión y desarrollo de ecosistemas digitales sostenibles y competitivos.

Los resultados del informe muestran que existe una preocupación creciente por la dependencia tecnológica, pero también una confianza significativa en la capacidad de Europa para fortalecer su posición durante los próximos años. De hecho, el 54% de los españoles cree que la soberanía tecnológica europea aumentará durante la próxima década.

Se trata de un optimismo razonable. Los ciudadanos reconocen que el desafío existe, pero también perciben que Europa cuenta con activos importantes para afrontarlo.

La pregunta ya no parece ser si la soberanía digital debe formar parte de la agenda europea. Los datos indican que ya forma parte de las preocupaciones de ciudadanos y empresas.

La cuestión es cómo responder a ella.

La gran lección que deja este ejercicio de escucha es que la conversación ya no gira únicamente alrededor de la tecnología. Gira alrededor de la capacidad de decidir. Decidir dónde se almacenan nuestros datos. Decidir qué infraestructuras consideramos estratégicas. Decidir cómo queremos desarrollar tecnologías críticas para nuestra economía y nuestra sociedad. Decidir qué valores éticos y democráticos deben incorporar las herramientas digitales que cada vez tendrán más influencia en nuestra vida cotidiana.

Quizá la mayoría de las personas todavía no utilicen la expresión “soberanía digital” en una conversación. Pero eso no significa que no les importe.

Los datos demuestran precisamente lo contrario.

Y, aunque muchos aún no conozcan el término, cada vez más ciudadanos y empresas entienden la pregunta que hay detrás: quién tiene las llaves de la gran caja fuerte digital de la que todos dependemos. Y esa puede ser una de las conversaciones más relevantes para el futuro de Europa.

Nuestro compromiso es contribuir a reducir esa dependencia en ámbitos estratégicos impulsando la competitividad, la innovación y el liderazgo europeo. En este contexto, desde Telefónica queremos ser la mejor vía de acceso de ciudadanos, empresas e instituciones a las tecnologías digitales y hacerlo fortaleciendo las capacidades tecnológicas de Europa. Porque la soberanía digital no es solo una cuestión tecnológica: es también una cuestión de competitividad, autonomía y capacidad para decidir el futuro digital que queremos construir.

A 7 de cada 10 españoles les preocupa algo que no saben definir: la soberanía digital

Imaginemos que guardamos nuestras fotos, nuestros ahorros, nuestros informes sanitarios, nuestras conversaciones de chats en una caja fuerte. Sabemos que funciona bien, pero desconocemos quién tiene las llaves, bajo qué leyes opera o qué ocurriría si un día cambian las reglas de acceso.

En realidad, algo parecido sucede cada día cuando utilizamos Apps, almacenamos información en la nube, realizamos pagos digitales o trabajamos con herramientas de IA.

La cuestión no es si estas tecnologías son útiles o no. La pregunta es si tenemos capacidad para decidir sobre tecnologías de las que dependemos cada vez más.

Esa es, en esencia, la conversación sobre soberanía digital.

Curiosamente, mientras el concepto todavía resulta desconocido para gran parte de la población, existe una creciente conciencia sobre sus implicaciones. El informe Soberanía Digital en Europa 2026 de Fundación Telefónica revela una paradoja especialmente interesante: solo el 29% de los españoles afirma haber oído hablar de este término, pero el 82% considera que Europa depende de empresas tecnológicas de otros países y el 86% cree que debería desarrollar sus propias tecnologías para ser más competitiva.

Es decir, muchos ciudadanos desconocen el significado exacto del concepto, pero perciben claramente lo que implica. Y esa percepción es transversal a toda la sociedad, independientemente de la edad, el género, la población o la actividad profesional.

Esto nos dice algo importante. La soberanía digital ha dejado de ser una conversación exclusiva de expertos, responsables públicos o compañías tecnológicas para convertirse en una cuestión de interés social porque la tecnología ya no es únicamente una herramienta. Se ha transformado en una infraestructura esencial para la economía, la educación, la sanidad, la seguridad o las comunicaciones.

Hoy dependemos de redes de telecomunicaciones, centros de datos, servicios cloud, plataformas digitales, sistemas de ciberseguridad y herramientas de inteligencia artificial para desarrollar actividades cotidianas y para mantener en funcionamiento organizaciones, empresas e instituciones. Sin embargo, a diferencia de otras infraestructuras críticas, estas suelen ser invisibles para la mayoría de nosotros.

No vemos los centros de datos donde se almacena nuestra información. No solemos preguntarnos quién desarrolla los algoritmos que utilizamos cada día. Y mucho menos bajo qué jurisdicción operan muchos de los servicios digitales que forman parte de nuestra rutina.

Pero cada vez somos más conscientes de que estas cuestiones importan. Los datos del informe muestran que los ciudadanos no perciben esta dependencia únicamente como un asunto tecnológico. Existe una conexión directa con la seguridad, la confianza y la capacidad de decisión. El 62% considera que la dependencia tecnológica exterior puede representar una amenaza para la seguridad europea. Además, los ámbitos que generan una mayor preocupación son precisamente aquellos que tendrán un papel estratégico en los próximos años, como la inteligencia artificial o los sistemas de pago.

No es difícil entender por qué.

La tecnología influye cada vez más en las decisiones que afectan a nuestra vida diaria. Los sistemas digitales gestionan operaciones financieras, organizan flujos de información, facilitan servicios esenciales y almacenan datos personales y corporativos de enorme valor.

Por eso la conversación sobre soberanía digital está estrechamente ligada a otra palabra clave: confianza.

El informe refleja que el 90% de los españoles muestra preocupación por el acceso de grandes plataformas tecnológicas a información bancaria, el 85% por los datos patrimoniales y fiscales y cerca del 80% por información sanitaria o relacionada con la movilidad.

No estamos hablando únicamente de privacidad. Estamos hablando de quién controla, gestiona y protege información que forma parte de nuestra vida personal y profesional. Estamos hablando de la capacidad de los ciudadanos y de las instituciones para comprender qué ocurre con esos datos y bajo qué reglas se utilizan.

Lo más interesante es que esta preocupación no supone un rechazo a la tecnología. Más bien refleja lo contrario.

Vivimos más conectados que nunca. Utilizamos servicios digitales constantemente y reconocemos el enorme valor que aportan. La tecnología facilita el acceso al conocimiento, mejora la productividad, conecta personas y abre nuevas oportunidades económicas y sociales.

Lo que parece emerger de esta escucha social es una demanda de equilibrio. Un equilibrio entre innovación y confianza, entre apertura y autonomía, entre aprovechar las oportunidades de la transformación digital y mantener capacidad de decisión sobre ella.

Porque la soberanía digital no consiste en desconectarse del mundo. Tampoco implica levantar barreras tecnológicas o sustituir unas dependencias por otras. La cuestión de fondo es si Europa dispone de capacidades propias suficientes para innovar, competir y decidir en ámbitos estratégicos.

En este sentido, uno de los hallazgos más relevantes de la encuesta es que existe una predisposición clara a apoyar alternativas europeas. El 70% de los ciudadanos afirma que elegiría una plataforma europea si ofreciera las mismas prestaciones que una no europea.

Este dato cambia el enfoque habitual del debate.

Con frecuencia hablamos de soberanía digital desde la preocupación: la dependencia tecnológica, la brecha con otras regiones o la pérdida de competitividad. Sin embargo, los resultados muestran también una oportunidad. Los ciudadanos no solo identifican un problema; también están dispuestos a respaldar las soluciones.

La misma señal llega desde el ámbito empresarial.

Las empresas españolas perciben igualmente una elevada dependencia tecnológica exterior y señalan la inteligencia artificial, los servicios cloud, la ciberseguridad, el almacenamiento de datos y las plataformas digitales como ámbitos donde Europa debería reforzar sus capacidades. Además, nueve de cada diez responsables empresariales consideran que los gobiernos europeos deberían impulsar activamente el desarrollo de tecnología propia.

Cuando ciudadanía y empresas coinciden de forma tan clara en el diagnóstico, resulta evidente que estamos ante una cuestión estructural.

Y esa cuestión tiene mucho que ver con la competitividad futura de Europa.

Porque la soberanía digital no trata únicamente de tecnología. También habla de talento, educación, investigación, industria, innovación, inversión, ética y capacidad para transformar conocimiento en soluciones competitivas. Habla de la posibilidad de desarrollar tecnologías alineadas con los intereses y los valores europeos. Y habla, en última instancia, de la capacidad para decidir cómo queremos construir nuestro futuro digital.

Europa cuenta con fortalezas importantes para afrontar este desafío. Dispone de universidades de referencia internacional, centros de investigación punteros, infraestructuras avanzadas, empresas innovadoras y una sólida tradición en materia de protección de derechos y confianza digital.

El reto no parece ser tanto generar conocimiento como convertir ese conocimiento en escala, innovación y liderazgo tecnológico.

Precisamente de esta reflexión nace THINK&DO TECH, una iniciativa impulsada por Fundación Telefónica para conectar pensamiento estratégico y capacidad de acción en torno a uno de los grandes desafíos de Europa: fortalecer sus capacidades tecnológicas propias desde un modelo competitivo, confiable, escalable y alineado con los valores democráticos europeos. La iniciativa parte de una idea sencilla: el debate sobre soberanía tecnológica solo será realmente útil si es capaz de traducirse en colaboración, talento, alianzas y proyectos concretos. Por eso busca reunir a expertos, empresas, instituciones, investigadores y sociedad civil para generar una comprensión compartida de este reto e identificar oportunidades de actuación que contribuyan a reforzar la autonomía tecnológica europea.

Los resultados del informe muestran que existe una preocupación creciente por la dependencia tecnológica, pero también una confianza significativa en la capacidad de Europa para fortalecer su posición durante los próximos años. De hecho, el 54% de los españoles cree que la soberanía tecnológica europea aumentará durante la próxima década.

Se trata de un optimismo razonable. Los ciudadanos reconocen que el desafío existe, pero también perciben que Europa cuenta con activos importantes para afrontarlo.

La pregunta ya no parece ser si la soberanía digital debe formar parte de la agenda europea. Los datos indican que ya forma parte de las preocupaciones de ciudadanos y empresas.

La cuestión es cómo responder a ella.

La gran lección que deja este ejercicio de escucha es que la conversación ya no gira únicamente alrededor de la tecnología. Gira alrededor de la capacidad de decidir. Decidir dónde se almacenan nuestros datos. Decidir qué infraestructuras consideramos estratégicas. Decidir cómo queremos desarrollar tecnologías críticas para nuestra economía y nuestra sociedad. Decidir qué valores éticos y democráticos deben incorporar las herramientas digitales que cada vez tendrán más influencia en nuestra vida cotidiana.

Quizá la mayoría de las personas todavía no utilicen la expresión «soberanía digital» en una conversación. Pero eso no significa que no les importe.

Los datos demuestran precisamente lo contrario.

Y, aunque muchos aún no conozcan el término, cada vez más ciudadanos y empresas entienden la pregunta que hay detrás: quién tiene las llaves de la gran caja fuerte digital de la que todos dependemos. Y esa puede ser una de las conversaciones más relevantes para el futuro de Europa.

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