La revolución cuántica: la búsqueda interior y la empresa consciente

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Roberto Valentín Carrera Seguir

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Hace unos días fui invitado a la apertura de la exposición Revolución Cuántica en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, donde tuve la suerte de escuchar a Sonia Fernández-Vidal, doctora en Información y Óptica Cuántica y divulgadora, y el responsable del grupo de Análisis y Visualización de Datos del BSC, Fernando Cucchiettijunto con la jefa de exposiciones de Fundación Telefónica, María Brancós.

Allí se produjo una conversación maravillosa. No salí con respuestas cerradas, sino con la cabeza llena de preguntas. Hasta el punto de que empecé a conectar cosas que parecían estar desconectadas. Algo muy cuántico, por cierto.

La ciencia nos dice que, en el mundo de lo diminuto, allí donde las partículas son tan pequeñas que no podemos verlas directamente, la realidad no se comporta como esperaríamos. No soy físico y pido de antemano perdón por simplificar. Pero la idea me resulta fascinante: cuando medimos, cuando observamos, cuando tratamos de conocer, el acto de observar no parece estar completamente separado de lo observado.

Y eso, más allá de la física, me resulta muy inspirador.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue ver cómo la ciencia y el arte se encuentran en la exposición. Los científicos se apoyan en artistas, en lenguajes visuales, instalaciones, piezas históricas, vídeos y elementos interactivos para intentar explicar algo que no se entiende de una manera simple. Para mí, que vengo del mundo de la creatividad, esa unión entre ciencia y arte me toca de lleno.

Esta conexión, en realidad, no es nueva. Ciencia y arte se han cruzado desde siempre. Muchos de los grandes científicos de la historia también estuvieron vinculados a otras formas de conocimiento y creación. Leonardo da Vinci fue artista, anatomista, ingeniero e inventor. Galileo Galilei, además de físico y astrónomo, era un auténtico melómano y amaba la literatura y la filosofía. Isaac Newton, matemático y físico, también se interesó por la alquimia, la teología y la filosofía natural.

Hasta hace relativamente poco, el conocimiento no estaba tan fragmentado como hoy. Ciencia, arte, filosofía y espiritualidad compartían una misma necesidad humana: comprender la realidad desde todos sus ángulos.

Y aquí es donde mi reflexión va un punto más allá.

Quizá el arte y la ciencia no solo se tocan entre sí. Quizá también se tocan con la filosofía y con la búsqueda de un sentido más amplio.

Desde hace tiempo observo que cada vez más personas buscan ese sentido profundo, una conexión interior que en muchos lugares de Occidente parecía haberse ido perdiendo. No hablo de religión al uso, sino de una necesidad de entender quiénes somos realmente, cómo nos relacionamos con el mundo, cómo lo hacemos con nosotros mismos y qué lugar ocupa la conciencia en nuestra experiencia de la realidad.

Y resulta que, hoy en día, en muchas formas de introspección, crecimiento personal o búsqueda de sentido, la física cuántica aparece una y otra vez.

Aparece cuando se habla de budismo, de hinduismo, de cábala, de mindfulness, de estoicismo contemporáneo o incluso de nuevas lecturas del cristianismo. Muchas tradiciones parecen encontrar en la cuántica no una demostración científica de sus creencias, sino un lenguaje nuevo para expresar intuiciones antiguas: que la realidad supera nuestra percepción, que las cosas están más conectadas de lo que parece y que la certeza absoluta quizá no sea la forma más honesta de mirar el mundo.

Todo esto me conectó con el famoso experimento del gato de Schrödinger, que también apareció en la presentación. Este experimento mental ilustra algunas de las paradojas de la mecánica cuántica y nos ayuda a imaginar, de una manera bastante intuitiva, la idea de superposición: la posibilidad de que algo, en este caso el gato, pueda estar en varios estados al mismo tiempo, hasta que se es observado.

No quiero forzar la analogía. El gato de Schrödinger no dice que nuestra mente cree mágicamente la realidad. Pero sí nos sirve como imagen poderosa para recordar que la realidad, cuando la miramos de cerca, es mucho menos simple de lo que pueda parecer. Y que el observador, de una forma u otra, termina determinando la realidad.

Pero claro: hay que tener cuidado.

No digo que la física cuántica pruebe la espiritualidad. La física cuántica no convierte una intuición mística en una ley científica. No se puede utilizar como una explicación mágica para todo. Pero sí creo que nos recuerda algo muy valioso: cuanto más estudiamos la materia, menos sólida, menos simple y evidente se vuelve la realidad.

Al hilo de todo esto, hay un libro que encaja muy bien con esta reflexión: Dejar ir. El camino a la liberación, de David R. Hawkins.

Desde mi punto de vista, se trata de un referente bastante laico dentro de lo que podemos llamar “búsqueda interior”, aunque su lenguaje tenga también reminiscencias espirituales. Lo que más me interesa de este libro es que propone algo sencillo y transformador: observar pensamientos y emociones, dejar de resistirse a ellos y permitir que esa energía pierda fuerza.

Ahí encuentro una conexión muy potente. No porque Hawkins necesite apoyarse en la física cuántica, sino porque vuelve a poner el foco en el observador. No como alguien que crea la realidad a su antojo, sino como alguien que puede transformar la manera en la que la interpreta, la atraviesa y la vive.

¿Y quién es ese observador?

Esa es, quizá, la pregunta sin resolver.

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