Esta publicación es la segunda parte de “Una revisión del concepto de soberanía y su aplicación al mundo digital”, en el cual se abordó el concepto de ‘soberanía’ desde una perspectiva histórica y su vertiente “soberanía digital” desde la perspectiva teórica. Esta segunda entrega pretende ser una aplicación práctica a la realidad actual que responda a las preguntas presentadas en la primera publicación.
Antes de comenzar, cabe recordar la definición de soberanía propuesta en base al análisis realizado en la anterior entrega: “La soberanía digital se entiende como una extensión de la soberanía propia de los Estados mediante la cual tienen capacidad para garantizar que las actividades y los agentes del entorno digital que impactan en la economía o sociedad del país respetan una serie normas, principios y estándares.”
Asimismo, se identificaron tres desafíos para el ejercicio de la soberanía digital: (1) la intangibilidad del mundo digital con la ausencia de fronteras definidas, (2) la diversificación de la cadena de valor y (3) la influencia de las grandes empresas tecnológicas.
Estos conceptos serán la base sobre la que se desarrollarán las respuestas.
¿Hasta qué punto es verdaderamente posible ejercer la soberanía digital?
Un estado dispone de soberanía digital en la medida en que es capaz de afrontar los retos inherentes a su ejercicio.
En primer lugar, la intangibilidad del mundo digital puede tomar forma si se identifican los servicios y productos digitales, y se define la frontera digital del país como la operatividad de los mismos por su población. De este modo, los países pueden extender sus normas, principios y estándares del mundo físico al virtual.
En segundo lugar, para garantizar que se cumple el marco normativo y ético de los países a lo largo de la cadena de valor son necesarios mecanismos de supervisión, trazabilidad, transparencia y certificación. Además, es deseable una relación cordial y cooperación bilateral con los países para trasladar la importancia del cumplimiento de sus empresas locales sin erosionar la soberanía propia del país.
Finalmente, es posible esquivar la presión de las grandes tecnológicas y hacerlas responsable al igual que el resto de las empresas que operan en el país.
No obstante, los países solo tendrán la capacidad de afrontar estos desafíos si disponen de autonomía estratégica. Un estado dependiente no tiene capacidad total de decisión sobre su política y regulación ya que es vulnerable a las decisiones de los países de los que depende. En consecuencia, el alcance de la soberanía digital depende del grado de autonomía digital del que disponga el país.
¿La Unión Europea tiene la capacidad de ejercer una soberanía digital plena?
Cabe destacar que la Unión Europea, como entidad supranacional, no cuenta con una soberanía total. Su soberanía se compone de la cesión parcial de la soberanía de los Estados miembro que la integran, lo que incluye su extensión al ámbito digital. Por tanto, no dispone de la capacidad plena para el establecimiento de normas, principios y estándares que gobiernen el entorno digital de los Estados miembro.
Asimismo, la Unión Europea no cuenta con la suficiente autonomía estratégica para hacer frente a los desafíos del ejercicio de la soberanía digital. El estudio “Evaluación de la autonomía estratégica abierta” publicado en 2024 por el Joint Research Centre de la Comisión Europea destaca la falta de autonomía de Europa, especialmente el ámbito digital en términos económicos y de innovación.
De las once tecnologías habilitadoras clave para la era digital, Europa solo presenta una independencia neta en tres (la robótica, las energías renovables y las tecnologías de ahorro energético). En las ocho restantes, las cuales se incluyen tecnologías críticas como la inteligencia artificial o Big Data, la dependencia externa neta supera el 50 %.
Otra publicación que muestra un panorama desalentador en la autonomía estratégica digital del continente es el informe “EuroStack – Una alternativa europea para la soberanía digital”. Incluye datos que muestran la dependencia europea en tecnologías1 y en materias primas2; la brecha en inversión3, la falta de ‘campeones’ tecnológicos4; y la dificultad de escalar y mantener la innovación5.
Por ende, considerando su naturaleza supranacional y la limitada autonomía estratégica de la región, la Unión Europea no cuenta con la capacidad de ejercer una soberanía digital plena. Para pasar de un ejercicio parcial a uno pleno, la Unión Europea necesitaría una mayor delegación de poder por parte de los Estados miembro y una autonomía estratégica (abierta, con países afines que compartan sus principios y valores) completa.
¿Puede Europa lograr una autonomía estratégica digital?
Si juega bien sus cartas, Europa tiene la capacidad de lograr una autonomía estratégica digital. Es decir, una autonomía en áreas críticas para la innovación, resiliencia y seguridad europea, junto con una cooperación abierta en el resto de los ámbitos con países aliados.
Sin embargo, hay que tener presente que esta búsqueda por la autonomía estratégica, especialmente en la esfera digital, se produce en un momento retador de cambio en la polaridad del poder global. Sobre la mesa hay dos posibles resultados: un mundo bipolar o un mundo multipolar.
En el escenario bipolar, con Estados Unidos y China a la cabeza, el mundo se articularía en torno a dos bloques rivales y en un ambiente de competencia intensa. En el escenario multipolar, el mundo estaría dividido en diversas esferas de influencia guiadas por las “leyes blandas” de las instituciones internaciones.
Sin embargo, estas esferas de influencia serían distintas a las que surgieron tras la segunda guerra mundial. El modelo a la imagen de occidente que surgió a mitades del siglo XX ya no aplica en la actualidad. El “Sur Global” (Global South) tiene mayor peso en el plano internacional, por lo que la nueva estructura multipolar debiese reflejar el peso de los principales actores de estas regiones.
A mayor autonomía estratégica, mayor será el poder de influencia de Europa en la definición de los polos. No obstante, al mismo tiempo, en un momento de competencia entre regiones es más complicado alcanzar una mayor autonomía estratégica. En este sentido, Europa debe ajustar su rumbo para poder navegar las agitadas aguas internaciones. Este ajuste debiese apoyarse en palancas como (1) la agilidad en decisiones políticas y regulatorias, (2) el refuerzo al Mercado Único y (3) la creación de grandes empresas europeas capaces de competir en el mercado global.
1.Desde 2017, el 70 % de los modelos fundacionales de IA se han desarrollado en Estados Unidos y el 15% en China.
Europa solo fabrica el 9 % de los microchips, pero consume aproximadamente el 20%.
El 70% del mercado europeo de computación en la nube (IaaS) está dominado por empresas estadounidenses, mientras que el mayor proveedor de nube de Europa apenas alcanza una cuota del 2%.
2.China controla alrededor del 90 % de la capacidad mundial de refinado de tierras raras, incluyendo recursos clave para baterías y semiconductores como el litio, el cobalto, el níquel y el galio, entre otros.
3.Las empresas de la European Union representan solo el 7% del gasto mundial en I+D en software y tecnologías de internet, frente al 71% de las empresas estadounidenses y el 15% de las compañías chinas.
(Dato adicional del informe “State of Digital Communications” de Connect Europe: Europa invierte 118 euros por habitante, muy por debajo de EE.UU. (217 euros), Japón (173 euros) o Corea del Sur (151 euros).)
4.De las 50 principales empresas tecnológicas del mundo, solo cuatro son europeas, y ninguna de ellas fue creada en los últimos 50 años.
5.Entre 2008 y 2021, casi el 30 % de los “unicornios” europeos trasladaron su sede al extranjero, principalmente a Estados Unidos, poniendo de relieve las barreras estructurales para retener empresas de alto crecimiento.
Las entidades no pertenecientes a la UE representan el 19 % de las adquisiciones globales de plataformas digitales de empresas de la UE, mientras que los residentes de la UE adquieren solo el 6 % de las empresas fuera del bloque.







