La importancia del equilibrio entre velocidad y profundidad en el liderazgo digital

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José Antonio Piqueras Seguir

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El salto hacia lo digital ha supuesto que nos sumerjamos de lleno en la cultura de la inmediatez. Leer, contestar, decidir y ejecutar son tareas que, cada vez, hacemos a mayor velocidad. A todo ello se suma el hecho de que, en la actualidad, es incuestionable que la rapidez se está erigiendo como una de las principales medidas de eficiencia.

Ahora bien, en entornos y mercados complejos, la velocidad no garantiza precisamente la toma de las mejores decisiones. A veces podemos sentirnos tentados de decidir sobre la marcha, confiando en la intuición más inmediata. Sin embargo, la agilidad mal entendida o llevada al límite termina por desgastar una habilidad fundamental: el pensamiento crítico.

Decisiones continuas sin un enfoque claro pueden generar movimiento, pero puede que este no se produzca en la dirección o sentido que se pretende. Por tanto, la clave está en tratar de hallar el equilibrio entre dos capacidades supuestamente antagónicas: presteza operativa y pensamiento estratégico.

La profundidad implica dedicar tiempo a pensar y entender antes de ejecutar. Expuestos a la sobreinformación, actuar con criterio se convierte en una competencia diferencial y los profesionales que aportan verdadero valor hoy en día no son únicamente aquellos que contestan primero, sino los que también son capaces de poner sobre la mesa las mejores cuestiones y buscar respuestas válidas.

El desarrollo tecnológico y de las telecomunicaciones ha hecho posible que tanto las personas como las organizaciones a las que pertenecen se encuentren hiperconectadas. Las nuevas herramientas tecnológicas nos permiten incluso colaborar en tiempo real desde cualquier rincón del mundo. Las telecomunicaciones han acelerado los procesos a la par que han amplificado exponencialmente las posibilidades de colaboración y aprendizaje. De este modo, es una obviedad que la información transita a un ritmo sin precedentes, como también lo es que una mayor velocidad implica un riesgo más elevado: el de perder la perspectiva y renunciar a los tiempos de reflexión.

La conectividad facilita la disponibilidad y el acceso a la información, pero lo que pasa a ser realmente imprescindible es discernir qué datos son clave, cómo interpretarlos y en qué momento exacto se debe actuar. En este punto, la tecnología también puede contribuir, por ejemplo, con herramientas digitales que permitan organizar la información o mediante sistemas inteligentes de análisis de datos. Al final, ya sea apoyándonos en las nuevas capacidades tecnológicas o en métodos más tradicionales (crear equipos multidisciplinares, reservar tiempo específico para la planificación, etc.), de lo que se trata, a fin de cuentas, es de asegurar que conseguimos interpretar de forma correcta los datos de los que disponemos, o al menos de la forma más certera posible.

En definitiva, en un mundo digital y permanentemente en aceleración, el verdadero reto no es ser más veloz que el resto, sino saber decidir mejor. La agilidad es necesaria e imprescindible a la hora de ejecutar, pero la profundidad es lo que en realidad nos permite integrar y analizar información de diversa índole para transformarla en una dirección clara cuando tomamos decisiones. La velocidad es una necesidad ejecutiva y seguirá siendo un factor clave a la hora de competir, pero la profundidad —entendida como la capacidad de análisis, criterio y perspectiva estratégica— se erige, sin duda, en una auténtica necesidad competitiva.

Las organizaciones que consigan ajustar la agilidad que exige el entorno con el análisis y la reflexión que garanticen las mejores decisiones dispondrán de las llaves para liderar de manera exitosa en la era digital.

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