Cuando la euforia pasa, la constancia permanece
Hace algunos años participé en una iniciativa que parecía inolvidable: un fuerte patrocinio de la alta dirección, un equipo comprometido y un cronograma impecable. Durante las primeras semanas, la energía era tan intensa que parecía que estábamos corriendo una maratón al ritmo de una carrera de 100 metros.
Pero, pocos meses después, la realidad apareció.
La participación comenzó a disminuir, los rituales acordados empezaron a tener poco quórum y, en lugar del entusiasmo inicial, surgió la pregunta que persigue a cualquier iniciativa o proyecto de cambio: “¿Por qué esto no está avanzando?”
En ese momento pensé que necesitábamos simplemente más energía, más reuniones, más discursos. Con el tiempo, entendí el punto que Simon Sinek plantea con tanta claridad: no es sobre la intensidad, sino la constancia.
Y esa comprensión lo redefine todo.
El problema no es querer mucho. Es querer todo al mismo tiempo
Las empresas y personas, muchas veces creen en el poder de un gran momento: el kick-off, el punto cero, el quiebre que promete que “a partir de ahora, todo será diferente”.
El problema es que el cambio no funciona así.
Es como querer ponerse en forma yendo al gimnasio un solo día durante horas, y luego pasar meses sin volver. Al día siguiente, incluso puedes sentir dolor muscular… pero tu cuerpo no cambia.
- Yo ya viví eso de cerca.
- El cambio comienza.
- Pero no echa raíces.
Lo que realmente sostiene el cambio parece demasiado pequeño como para convertirse en titular
Simon Sinek utiliza un ejemplo simple: cepillarse los dientes.
No es el acto intenso,dos horas seguidas, lo que genera el resultado. Es el hábito diario, casi invisible.
En el mundo de los proyectos y programas, aprendí que la constancia suele manifestarse así:
- rituales semanales que realmente suceden
- alineaciones cortas y frecuentes
- repetición clara de los mensajes clave
- seguimiento real, y no solo simbólico
Es como cepillarse los dientes. Nadie se despierta motivado para hacerlo.
Pero es precisamente por hacerlo todos los días que el resultado aparece.
La intensidad puede dar el impulso inicial. La constancia es la que mantiene el movimiento.
La confianza no nace en momentos épicos
Algo que aprendí trabajando con gestión del cambio es que la confianza no surge en los grandes eventos. Nace en los encuentros pequeños, repetidos, casi invisibles.
Esa reunión donde alguien realmente escucha.
Esa conversación donde no hay juicio.
Ese momento en el que alguien dice: “no lo sé, vamos a descubrirlo juntos.”
Cuando esto se repite, algo cambia en el ambiente.
Las personas se relajan.
Dejan de defenderse.
Y empiezan a participar de verdad.
No porque entendieron la presentación.
Sino porque confiaron en quien la estaba explicando.
Y la confianza, casi siempre, es el resultado de la constancia.
Lo que aprendí en el camino
Hoy, mirando hacia atrás, entiendo mejor por qué algunos proyectos avanzaron y otros se quedaron en el camino.
No fue falta de esfuerzo.
Ni de buenas intenciones.
Ni de energía.
Fue falta de constancia.
El cambio no necesita ser grandioso. Necesita ser cultivado.
Un día a la vez…Una conversación a la vez. Una relación de confianza construida poco a poco.
Al final, el cambio organizacional no ocurre el día del anuncio.
Ocurre al día siguiente. Y al otro. Y al otro también.
Es ahí, en lo cotidiano, donde el cambio se vuelve real.







