En diciembre de 2015, Naciones Unidas estableció el 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, con un objetivo claro: visibilizar el papel de las mujeres en la ciencia y fomentar vocaciones desde edades tempranas.
Diez años después, el contexto ha cambiado. La tecnología se ha integrado en todos los ámbitos de nuestra vida, la inteligencia artificial redefine industrias enteras y el pensamiento científico es más necesario que nunca.
Y, sin embargo, hay algo que sigue siendo sorprendentemente estable:
la baja presencia femenina en la mayor parte de disciplinas STEM.
Más que siglas: una cuestión de oportunidades
STEM, cuyo significado en inglés es ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, va más allá de un conjunto de disciplinas. Es el lenguaje sobre el que se construye el presente… y, sobre todo, el futuro.
Y cada vez más, este enfoque se amplía hacia STEAM, incorporando las artes como motor de creatividad, diseño y pensamiento crítico.
Está desde cómo desarrollar nuevas terapias, en cómo se diseñan ciudades más sostenibles, y cómo se crean experiencias digitales o en cómo se conectan millones de personas cada día.
Pero también está en algo más esencial: en la capacidad de formular preguntas, analizar problemas y construir soluciones.
En mi caso, no empecé con una vocación clara hacia la tecnología. Fue algo que fui descubriendo con el tiempo, entendiendo cómo las decisiones, los datos y la innovación podían transformar industrias completas.
Y, mirando atrás, es fácil identificar momentos donde alguien podría haberme hecho pensar que “eso no era para mí”. Por suerte, no ocurrió, y mi entorno académico y personal siempre me alentaron a seguir adelante.
Por eso, cuando hablamos de STEM, no hablamos solo de formación. Hablamos de posibilidades que se abren… o que se cierran demasiado pronto.
Referentes: lo que no se ve, no se imagina
Uno de los grandes aprendizajes de esta última década es que las vocaciones no surgen en el vacío. Necesitan referentes. Y para sorpresa de muchos las hay y desde hace siglos.
Desde Ada Lovelace, que anticipó el potencial de la programación cuando los ordenadores aún no existían, hasta Marie Curie, pionera en la investigación científica y doble Premio Nobel.
Desde Margarita Salas, clave en el desarrollo de la biología molecular en España, hasta perfiles más contemporáneos como Luz Rello, que ha aplicado la tecnología para mejorar el aprendizaje, o Sara García Alonso, que combina investigación oncológica con la exploración espacial, nuestra astronauta de reserva.
Incluso muchas innovaciones cotidianas, desde avances médicos hasta soluciones prácticas del día a día, tienen detrás talento femenino que durante años ha sido poco visible.
Hacer visibles estas historias va más allá del reconocimiento. Es una palanca de cambio.
No es una cuestión de capacidad, sino de contexto
Conviene insistir en ello: no hay evidencia que indique que el interés o la capacidad por la ciencia dependa del género.
Sin embargo, los datos siguen mostrando una brecha significativa en determinadas áreas, especialmente en tecnología e ingeniería.
La clave, por tanto, no está en “convencer”, sino en entender qué factores están condicionando las decisiones desde edades tempranas:
- Falta de referentes cercanos.
- Percepción de dificultad o falta de encaje.
- Estereotipos, muchas veces sutiles, pero persistentes.
- Escasa conexión entre lo que se estudia y su impacto real.
Y aquí hay algo que, como madre, también observo: la curiosidad está ahí desde muy pequeñas. La diferencia muchas veces no está en el interés, sino en cómo se acompaña, o se desvía esa curiosidad con el paso del tiempo.
Reducir esta brecha implica actuar sobre el entorno, no sobre la elección individual y en especial el acompañamiento sea en sesiones shadow, networking y mentoring ayudan a “acercar” que en la realidad ya hay muchas mejores al frente del mundo STEM.
Un reto compartido: educación, empresa y sociedad
En estos diez años, también ha quedado claro que hay varias vías para acelerar el cambio:
- El sistema educativo tiene un papel clave en cómo se presentan estas disciplinas: más aplicadas, más conectadas con la realidad, más inclusivas.
- Las empresas pueden contribuir generando referentes visibles, promoviendo entornos diversos y acercando la tecnología a las nuevas generaciones.
- Las instituciones públicas deben seguir impulsando políticas que favorezcan la igualdad de oportunidades.
- Y la sociedad en su conjunto, empezando por el entorno más cercano, tiene la capacidad de influir, y a veces de forma decisiva, en las decisiones vocacionales.
Iniciativas impulsadas por organizaciones como la Fundación ASTI, Technovation Girls o Women in Tech avanzan precisamente en esa dirección, acompañando a niñas y mujeres en distintas etapas de su desarrollo. Su objetivo es claro: actuar desde edades tempranas, ofrecer referentes y hacer visible el impacto real que tienen las carreras STEM en la sociedad.
De la visibilidad a la acción
Si la primera década de este Día Internacional ha servido para poner el foco, la siguiente debería centrarse en seguir acelerando y dar seguimiento al camino iniciado.
Porque el desafío no es solo aumentar el número de mujeres en STEM.
El verdadero reto es garantizar que nadie descarte estas disciplinas antes de haber tenido la oportunidad real de explorarlas.
La ciencia, al fin y al cabo, no es un destino reservado a unos pocos. Es una forma de entender el mundo, de cuestionarlo y de mejorarlo.
Y en un contexto donde la tecnología avanza a gran velocidad, necesitamos más miradas, más diversidad y más talento.
No por una cuestión de equilibrio. Sino por una cuestión de futuro.







