La paradoja: Vivimos rodeados de tecnología, que no vemos

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Pedro Morales Seguir

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Almacenamos fotografías y enviamos mensajes sin pararnos a pensar dónde ocurre toda esa magia. Hablamos de la nube como si fuese de un lugar abstracto e indeterminado que está suspendido en algún punto de internet… pero la realidad es muy distinta. Cada correo electrónico, cada videollamada, dependen de unas infraestructuras físicas muy concretas (centros de datos, kilómetros de fibra óptica, mucha energía eléctrica, sistemas de refrigeración…etc.)

Y es aquí donde aparece una paradoja curiosa: cuanto más virtual se vuelve el mundo, más dependencia hay de lo físico. La nube no flota en el aire, sino que está anclada al suelo.

De opción a infraestructura

Hace unos años, se usaba la nube como una opción tecnológica alternativa al alojamiento y computación tradicional. Hoy en día gran número de sectores dependen de ella. Desde empresas que usan plataformas cloud para su día a día, así como administraciones que digitalizan servicios esenciales o sistemas sanitarios que almacenan historiales de pacientes y procesan información clínica, llegando hasta la actividad cotidiana de las personas como los accesos a banca electrónica, teletrabajo o visionados de plataforma en streaming en entre otros.

Esta situación tiene precedentes claros como lo fue en su momento la electricidad, el agua, o la creación de la red de trasportes, los cuales también fueron innovaciones tecnológicas, solo que con una gran diferencia… y es que la nube es algo invisible para la mayoría de los usuarios. No tenemos una tangibilidad de los centros de datos, de los cables submarinos de fibra necesario para interconectarlos, o de la propia complejidad operativa per se. Todo esto nos crea una dependencia invisible que hace que la nube haya pasado de ser una alternativa opción, a una infraestructura crítica.

En algún artículo anterior ya hemos mencionado esto, y también se suman otros elementos como la energía y las comunicaciones como elementos de dependencia. Los datacenters sobre los que se oferta la nube consumen grandes cantidades de energía eléctrica y necesitan redundancia en las comunicaciones. Son factores estratégicos que también nos atan al suelo de los cuales es necesario asegurar una planificación a medio plazo para no tener impacto con el crecimiento de la nube. Puede haber una limitación física por ejemplo en el suministro de electricidad que bloquee el crecimiento del datacenter y por tanto el de la actividad cloud.

También podemos tener otros factores más regulatorios que pueden generar dependencia como la soberanía digital o las regulaciones estatales, que pueden anclar nuestros datos con una dependencia en la ubicación.

Arquitecturas distribuidas y resiliencia por diseño como respuesta a la dependencia física

Después de la situación explicada, queda claro que en estos escenarios hay que replantearnos un diseño en la arquitectura respecto a la computación tradicional. Elementos como la resiliencia no pueden ser extras que se añadan a posteriori, sino que deben ser incluidos en los diseños iniciales.

La distribución de los sistemas es otro elemento que reduce la dependencia. Como elementos diferenciadores podemos hablar de enfoques multi-cloud, combinando nubes públicas con privadas (nube híbrida), o realizando despliegues directamente en el Edge para minimizar la latencia del dato y de su procesamiento. Estas acciones reducen los riesgos asociados, pero añade una capa de complejidad operativa, en la que se requieren mayores niveles de automatización y observación entre otros.

La clave de la resiliencia no está en eliminar los riesgos, sino en comprenderlos y diseñar arquitecturas capaces de convivir con ellos, para poder asegurar la continuidad del negocio en condiciones adversas

Lo “físico” que no muestra lo digital

Mientras más invisible se vuelve la nube para los usuarios, más crítica resulta para el funcionamiento del mundo. Detrás de cada proceso digital hay edificios, cables, servidores, energía y personas que diseñan y operan esa complejidad.

Tenemos que tomar consciencia de la complejidad de la nube y de los servicios digitales ya que cambia la forma en la que debemos abordar su futuro en términos de capacidad, sostenibilidad, disponibilidad y dependencia.

Quizá la mayor señal del éxito de la nube sea precisamente que apenas pensamos en ella. Pero cuanto más desaparece de nuestra conciencia, más importante resulta recordar y tomar consciencia de que no está en el cielo, sino firmemente apoyada en el suelo que compartimos.

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