Ayer, en el FT-Connect Europe Forum, buena parte de la conversación ha girado en torno a una pregunta que va mucho más allá del sector de las telecomunicaciones: ¿está Europa creando las condiciones necesarias para invertir, innovar y competir en la nueva economía digital? La respuesta depende una serie de varios expedientes que se negocian en paralelo,; en particular el Digital Networks Act, la revisión del Cybersecurity Act y las nuevas directrices sobre concentraciones,, así como de las iniciativas relacionadas con la soberanía tecnológica europea, como el CADA.
El contexto geopolítico no admite demoras. La tecnología ha dejado de ser únicamente una cuestión de innovación o productividad para convertirse también en un elemento de seguridad económica, resiliencia y capacidad de decisión. Por eso la competitividad de las empresas europeas y la soberanía tecnológica ya no se pueden separar: sin capacidad para invertir, Europa aumentará sus dependencias justo en las capas que decidirán su futuro (conectividad, cloud, edge, ciberseguridad e inteligencia artificial). El diagnóstico ya está hecho —Draghi y Letta lo situaron en el centro de la agenda—: fragmentación, falta de escala, brechas de inversión. Lo que falta son decisiones, y las de los próximos meses marcarán buena parte de la inversión de la próxima década.
Desde Telefónica creemos que esas decisiones son tres: reglas mejores, escala con propósito y un contrato con compromisos. Tres decisiones, no tres debates.
Reglas mejores, no solo menos reglas
El Digital Networks Act. La conectividad ya no puede entenderse únicamente como un mercado sectorial. Las redes son la infraestructura sobre la que se desarrollan la inteligencia artificial, el cloud, el edge computing, la ciberseguridad y buena parte de la transformación digital de nuestra economía.
Por eso, el DNA debería ser algo más que una actualización de las reglas de telecomunicaciones: una oportunidad de avanzar hacia una Europa tecnológicamente avanzada, con un marco más sencillo, predecible y favorable a la inversión.
La simplificación importa. Pero simplificar no significa simplemente tener menos normas. Significa tener mejores reglas, más coherentes entre sí y diseñadas pensando en los objetivos que Europa quiere alcanzar: fomento de la inversión, de la innovación, resiliencia y competitividad de las empresas. En la práctica, eso significa normas que se apliquen de forma homogénea, iniciativas que den horizonte a la inversión y menos solapamientos entre normativas.
Quien despliega fibra y 5G sabe que una red se planifica a diez o veinte años: la regulación debería tener el mismo horizonte.
Escala con propósito
Segundo, escala con propósito. Europa necesita empresas con escala suficiente para invertir, y esa escala se construye en el mercado donde se compite. En telecomunicaciones, la función de producción es el take-up: para desplegar y operar una red hace falta un mínimo de clientes que la utilicen. Por eso, cuando los operadores se integran, lo que buscan es ganar escala en sus mercados relevantes, con mayores retornos que se reinvierten en innovación y en el despliegue de redes.
Esto es lo que pedimos a las nuevas directrices: que reconozcan la escala in-market como una vía legítima para ganar capacidad de inversión a nivel nacional, sin perjuicio de que, en una etapa posterior, se valore también la escala paneuropea o global.
La política de competencia debe seguir protegiendo al consumidor, pero, en el contexto actual, a los consumidores también se les protege en la medida en que sus empresas sean capaces de competir adecuadamente en otras dimensiones: inversión, innovación, calidad y resiliencia.
La escala no es un fin en sí mismo, pero sí una condición cada vez más importante para invertir y competir en mercados tecnológicos. Y no es incompatible con la competencia: la cuestión relevante es si permite construir empresas capaces de invertir, innovar y ofrecer mejores servicios en sus mercados relevantes. El borrador de las nuevas directrices ya apunta a medir estos parámetros; el reto para la Comisión es aplicarlas de modo que la capacidad de invertir y de innovar pese de verdad en el análisis, y den lugar a compañías con escala procompetitiva. Tercero, un contrato con compromisos medibles.
Ganar escala también implica asumir responsabilidades
Aquí aparece una tercera idea que nos parece especialmente importante: un nuevo contrato social alrededor de la escala y la inversión. Si Europa crea las condiciones para que sus empresas puedan mejorar en su rentabilidad y competitividad, las empresas podremos sequir respondiendo con más inversión, mejores redes y servicios, más innovación, empleo cualificado y mayor capacidad tecnológica europea.
Ese equilibrio es importante porque permite superar una falsa dicotomía entre competitividad y protección del consumidor. Una Europa más competitiva debe traducirse también en beneficios concretos para ciudadanos y empresas.
Una conversación estratégica
En el fondo, DNA, política de competencia y simplificación regulatoria forman parte de una misma conversación. No deberíamos abordarlas como debates separados. Todas ellas deberían responder a una pregunta común: qué capacidades queremos que Europa tenga dentro de diez o veinte años y qué marco necesitamos hoy para poder financiarlas y desarrollarlas. Pensemos en 2036: ¿queremos que la inteligencia artificial europea funcione sobre infraestructuras que podemos elegir, auditar y proteger?
Y es precisamente aquí donde la soberanía tecnológica adquiere una dimensión muy concreta. Soberanía no es autarquía: es poder elegir. Para Europa, ser soberana no significa hacerlo todo sola ni producir cada tecnología dentro de sus fronteras. Significa tener capacidad de elegir: contar con infraestructuras críticas robustas, diversificar proveedores y cadenas de suministro, reducir dependencias excesivas y mantener capacidad de decisión sobre las tecnologías que sostienen nuestra economía y nuestra seguridad.
La respuesta europea debería combinar capacidades propias con cadenas de suministro diversificadas y trusted partners, bajo una lógica de Made with Europe: construir tecnología desde Europa y con Europa. Una soberanía abierta que no busca cerrar mercados, sino reforzar la resiliencia, preservar alternativas y asegurar que Europa mantiene la capacidad de elegir con quién construye, qué dependencias asume y qué capacidades críticas necesita conservar.
Europa tiene mercado, talento, empresas y una base industrial y tecnológica muy relevante. También existe ya un consenso considerable sobre buena parte de los problemas.
Quizá ahora el reto más importante sea uno mucho más sencillo de formular: ejecución.
Pasar del diagnóstico a las decisiones.
De la regulación al fomento de la inversión.
De la escala a la capacidad tecnológica.
Y de esa capacidad tecnológica a la capacidad de elegir.
Porque, en último término, de eso trata la soberanía tecnológica:no de hacerlo todo solos, sino de tener la fortaleza, las alternativas y los socios necesarios para que Europa pueda decidir, invertir y competir.
Reglas mejores, escala con propósito y compromisos medibles. ¿Cuál de las tres crees que no puede esperar más?







