Sobre paradojas y la esclavitud digital

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz, y de las tinieblas; la primavera de la esperanza, y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos hacia el cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”
Charles Dickens.
Historia de dos ciudades

Ilustración Paradojas y esclavitud digital

Vivimos la mayor revolución tecnológica de la historia de la humanidad. Esta revolución es cuatro veces mayor en su impacto que la Revolución Industrial. Y acaba de empezar.

Como todas las revoluciones tecnológicas anteriores lo está cambiando todo: la economía, la cultura, la política, la sociedad, los negocios… Todo.

No es una única tecnología, sino una acumulación de ellas. Computación en la nube, algoritmos de aprendizaje profundo, reconocimiento de voz, reconocimiento de imágenes, redes neuronales, impresión en 3D, tecnología 5G, fibra óptica, computación cuántica, edge computing.., y muchas más, coexisten y se retroalimentan y aceleran unas a otras.

Nunca en la historia de la humanidad se ha acumulado tanta tecnología en tan corto espacio de tiempo y, por ello, somos afortunados como generación de vivir tiempos fascinantes.

Nosotros, en Telefónica, asistimos a esta revolución en primera fila. Nuestras redes transportan la vida de las sociedades y son testigos de excepción de este cambio de época. El tráfico de datos que transportamos crece entre un 50% y un 60% cada año y va a seguir así en el futuro inmediato.

La revolución acaba de comenzar.

Como en ocasiones anteriores es tiempo de paradojas. Hay quienes comprenden, participan, lideran y toman ventaja de lo que la tecnología puede llegar a hacer, quienes asisten a su desarrollo y participan de algunos de sus beneficios, y quienes se quedan atrás. Las revoluciones tecnológicas crean situaciones de asimetría de información y acceso al conocimiento. Y también creen situaciones de abuso.

Hasta la Revolución Industrial sólo existía un factor de producción: el capital. Aquel que poseyera tierras (capital) gozaba de su rendimiento. Los demás trabajaban a cambio de cobijo y sustento.

Pero la revolución industrial creó una máquina que era más fuerte que cualquier ser vivo y podía trabajar 24 horas al día, 365 días al año. Esa máquina necesitaba personas para controlarla y eso creó un nuevo factor de producción: el trabajo.
La hora de trabajo de una persona empezó a tener un valor concreto y, en función de su escasez, podía desplazarse de un centro de producción a otro. Apareció el mercado del trabajo.

Como siempre, requirió tiempo dotar a ese mercado y a esas sociedades de los valores sociales para que fueran las personas las que dieran sentido a la tecnología y no al revés.

Desde entonces hasta ahora hemos vivido con dos factores de producción: el capital y el trabajo. Pero eso ha cambiado.

Esta revolución tecnológica ha producido un tercer factor de producción: los datos.

Generamos datos las 24 horas del día. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Incluso durante nuestro sueño. Dónde estemos, cómo paguemos nuestras facturas, cuántos seamos en casa, que vídeos veamos, que webs visitemos, qué compremos, o por dónde nos movamos, quiénes sean nuestros amigos y familiares, dónde trabajemos, a qué equipo de fútbol animemos… Cada día generamos un volumen creciente de datos. Cada vez tenemos más objetivos conectados en torno a nosotros, objetivos que nos perfilan, nos abren nuevas posibilidades de hacer más cosas, pero también nos exponen.

Según un estudio publicado en 2018 por Harvard Business Review (1), el valor de los datos generado por un núcleo familiar de cuatro personas es de unos 20.000 USD al año. Esos datos tienen ese valor no sólo desde el punto de vista publicitario, sino también en la medida que son el nutriente necesario para alimentar a la Inteligencia Artificial.

¿Dónde está ese valor? ¿Quién lo acapara?

Si los datos representan un nuevo factor de producción, la privacidad debe ser el elemento que determine su valor. Y cada uno de nosotros, como individuos soberanos, los que determinemos qué nivel de privacidad queremos tener y, por consecuencia, qué valor deben tener nuestros datos. Si no es así significa que minamos datos diariamente para que otros se beneficien de un valor que nos pertenece y determinan su nivel de privacidad sobre nosotros. ESO ES ESCLAVITUD DIGITAL.

La paradoja es impactante. Generamos un valor enorme, pero no somos conscientes. Exponemos nuestra privacidad en el mundo digital, pero nunca lo haríamos en la vida analógica diaria; regalamos parte de nuestro legítimo patrimonio en el mundo digital, pero nunca lo haríamos en el analógico; cedemos una soberanía individual en las redes que jamás aceptaríamos ceder conscientemente.

La tecnología va a ayudarnos a solucionar problemas que creíamos irresolubles, va a hacernos avanzar como sociedad. Creo sinceramente que será bueno, pero sólo si la enmarcamos los valores justos. Este no es el tiempo de la tecnología; la tecnología ya está aquí. Es también, y sobre todo, el tiempo de las Ciencias Sociales que nos ayudan a decir cómo queremos que ocurra. Llevamos mucho tiempo intentando aprender el lenguaje de las máquinas; es hora de que ellas aprendan nuestros valores.

1. “A blueprint for a better Digital Society” by Jaron Lanier and E. Glen Weyl. September 26, 2018. Harvard Business Review.


Medios de comunicación

Contacta con nuestro departamento de comunicación o solicita material adicional.