La formación de precios y su papel en el mercado

La visión que políticos y reguladores tienen de los precios es típicamente incoherente. Algunos se quejan si los precios no suben, otros se quejan cuando piensan que van a subir. Así que la cuestión parece abierta: ¿qué es mejor para la sociedad, que los precios suban o que los precios bajen?

Grafico con cambios en el valor de los precios
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Son insistentes los rumores sobre posibles concentraciones en el mercado europeo de telecomunicaciones. La consolidación del mercado parece la única forma de luchar contra la destrucción de márgenes y carencia de incentivos para invertir que permitan al sector el retorno a un círculo virtuoso que conoció a principios de siglo. Estas operaciones, de producirse, tendrán que someterse a la autorización de la DGCOMP u otra autoridad de competencia. Sea quien sea, su preocupación principal será el efecto que pueda tener la operación sobre los precios. Sin embargo, cabe preguntarse si la evolución de precios es un buen indicador de bienestar social para orientar las decisiones del regulador.

Los precios son una preocupación constante para los políticos. Así, hasta hace muy poco, los ministros de Economía y bancos centrales se mostraban muy inquietos por la deflación. Para ellos, deflación significa una reducción de precios, lo que a su entender es malo para la economía, pues desincentiva la actividad inversora. En consecuencia, han inyectado considerables cantidades de dinero en el sistema para impedir que ocurriera. Ahora, en cambio, comienzan a preguntarse si no se habrán excedido en su afán anti-deflacionario.

En contraste, otras agencias reguladoras están muy preocupadas con posibles subidas de precio como consecuencia en cambios en la estructura de los mercados. El mercado de las telecomunicaciones constituye tradicionalmente uno de sus principales quebraderos de cabeza en este sentido, como lo prueban las minuciosas investigaciones cada vez que un operador pretende realizar algún tipo de concentración. Para evitar las temidas subidas de precios, se suelen requerir draconianos compromisos de los operadores involucrados e incluso se han llegado a prohibir algunas operaciones. Siempre, por el temor a un aumento de los precios para el cliente final.

Si los rumores antes aludidos se concretan, parece que en breve volverán las discusiones sobre estos temas. Por ello, quizá sea este un momento oportuno para recordar la relación entre precios y bienestar social, que es el del consumidor.  

Como se ha mostrado, la visión que políticos y reguladores tienen de los precios es típicamente incoherente. Algunos se quejan si los precios no suben, otros se quejan cuando piensan que van a subir. Así que la cuestión parece abierta: ¿qué es mejor para la sociedad, que los precios suban o que los precios bajen?

¿En qué consisten los precios?

Lo cierto es que el impacto de los precios en la obtención del bienestar social parece estar muy exagerado. Los precios no son más que un registro histórico, y como tal no son ni buenos ni malos para el bienestar social. Son tan solo un indicador, una señal, nada más… y nada menos.

Un precio es simplemente el ratio al que dos bienes han sido intercambiados en una determinada transacción. Muchas veces confundimos precios con ofertas. Cuando vamos al supermercado, vemos un “precio” para cada una de las mercancías que podemos comprar. Ese “precio” en realidad es una oferta, que no se transformará en precio hasta que se concrete la compra. Por ejemplo, si mañana se observa el “precio” de las patatas en 100 Euros/kg, lo más probable es que esa oferta nunca llegue a ser un precio real, porque resulta difícil que nadie vaya a comprar patatas a ese precio. Y si nadie compra patatas a 100 Euros/kg, sería bastante erróneo decir que los precios de las patatas han subido simplemente porque el vendedor intenta venderlas a ese precio.

Relación entre evolución de precios y bienestar social

Teniendo esto en cuenta, volvamos a la cuestión inicial. ¿Mejora el bienestar social cuando los precios (reales) suben o cuando bajan?

Si el precio de un bien dado sube, obviamente la gente que posee el bien se beneficiará. De la misma forma, la gente que tiene los medios para producir dicho bien, sea en forma de trabajo o de activos, probablemente también se beneficie. Por el contrario, las personas que no poseen el bien quedarán perjudicadas, sobre todo si estaban pensando en comprarlo

En el caso dual, si el precio de un bien dado baja, la gente que posee el bien se verá perjudicada, como también lo harán aquellos que posean los medios de producción para su elaboración, sean activos o trabajo. Igualmente, las personas que no disponen del bien pero estaban pensando en comprarlo, se beneficiarán de la bajada.

¿Cuál es el balance para la sociedad? No hay respuesta. De hecho, desde el punto de vista agregado, es indiferente que los precios suban o bajen. Por supuesto, a una persona concreta en un momento concreto, la subida o bajada NO le da igual. Pero, desde el punto de vista del interés común, por el que supuestamente velan los reguladores, la evolución de precios parece completamente irrelevante. En resumen, los reguladores no deberían preocuparse de si los precios suben o bajan: en ambos casos, hay ganadores y perdedores, y no se puede establecer el balance para la sociedad.

Importancia del papel del precio en el funcionamiento del mercado

Este debería ser el final de la historia, pero no lo es. La evidencia demuestra que los reguladores sí se preocupan por la evolución de los precios, como se ha mostrado al principio de estas líneas. Y como se preocupan, tienden a intervenir en su evolución, lo que puede distorsionar el funcionamiento de los mercados.

Se han definido los precios como registros históricos que muestran ratios de intercambio. Sin embargo, estos registros tienen un papel fundamental en el funcionamiento del mercado. Son las señales por las que las empresas guían sus decisiones de inversión. Los precios constituyen un indicador sintético de la escasez de un bien en relación a sus posibles usos.

Si un precio sube, se puede deducir que el bien afectado ha incrementado su valor para la sociedad, y transmite a las empresas la señal de que se deberían dedicar más recursos a la producción del bien revalorizado, puesto que es lo que es la sociedad demanda ahora. Por el contrario, si el precio se reduce, la inferencia será que el bien está perdiendo valor para la sociedad, y, por ello, los recursos productivos deberían de moverse de su elaboración a la de otros bienes más valorados. Hay que insistir en que este proceso no es automático, sino guiado por empresarios e inversores usando los precios como señales.

¿Qué ocurre si se interfiere con los precios, por ejemplo, impidiéndoles que suban? Por supuesto, el primer efecto es que algunos individuos ganan y otros pierden, como ya se ha dicho. Si no se permite que los precios suban, la gente que posee el producto o los activos necesarios para su producción, perderán riqueza; la gente que quiere comprarlo, en cambio, la ganará. Los reguladores parecen pensar que impedir que los precios suban es bueno para los consumidores, porque ven a las empresas como “ricas” y así se redistribuye su riqueza. El hecho es que esto solo beneficia al individuo en su vertiente de consumidor; sin embargo, un individuo es mucho más que un consumidor: puede trabajar para las empresas reguladas o para sus proveedores, o puede tener acciones de la empresa, o puede poseer un plan de pensiones que las tenga. Cuando esto se tiene en cuenta, ni siquiera es fácil determinar si un individuo específico queda beneficiado o perjudicado por un control de precios, no digamos ya como queda la sociedad, 

Sin embargo, no es este el efecto más grave de impedir el movimiento de los precios. El problema real es que interfiere con el sistema de señales antes explicado, lo que impide a las empresas la transferencia eficaz de recursos de actividades menos a más valoradas. El proceso emprendedor continúa, pero los recursos acabarán en sitios donde son menos valorados relativamente, empobreciendo a la sociedad con cada inversión.

¿Existe el precio “correcto” de un bien?

Hay otro aspecto a considerar: los empresarios, como todos los humanos, cometen errores. Se ha dicho antes que no hay precios buenos o malos para la sociedad. De la misma forma, no hay precios correctos o erróneos, solo hay precios. Una empresa puede ofrecer un bien a un precio demasiado alto, y encontrarse con que no vende suficientes unidades para recuperar su inversión, lo que le forzará a reducir su precio para tratar de incrementar sus ventas. Esto no hace que el primer precio sea erróneo y el segundo correcto: simplemente significa que el empresario está reaccionando tras la información obtenida después del primer intento. Si adquiere más información, el precio puede que se revise de nuevo, sea al alza o a la baja. Ésta es, en realidad, la esencia del proceso emprendedor: reaccionar a los cambios del entorno intentando siempre adaptarse a las preferencias de los individuos, sean las mostradas o las previstas.

Pero también puede ocurrir que el empresario ofrezca inicialmente el producto a un precio al que le sea imposible recuperar la inversión, incluso si pensaba que la podría recuperar. En este caso, el empresario intentará lógicamente subir sus precios y ver si los clientes toleran el incremento. Como antes, esto no implica que el primer precio sea erróneo y el segundo correcto, simplemente significa que se está incorporando nueva información a la fijación del precio. Sin embargo, y contrariamente a lo descrito en el párrafo anterior, este proceso será observado con sospecha por los reguladores (como se ve en los análisis típicos de fusiones), como si los precios baratos fueran siempre correctos.

Lo que en ningún caso se debería olvidar es que el proceso competitivo entre empresas tiende a incrementar la eficiencia en la satisfacción de las necesidades de los clientes, en muchas ocasiones mediante inversión en búsqueda de economías de escala o alcance. Así, el resultado natural y esperado de un mercado no intervenido está en línea con lo que los reguladores consideran tan deseable: reducciones de precio. Con la ventaja que estas reducciones, al estar basadas en reducciones reales de los costes, sí serán sostenibles en el tiempo. Hay muchísima evidencia empírica que muestra estos resultados de forma consistente y sistemática, basta echar un vistazo a como el uso de objetos considerados de lujo en un momento se generaliza a toda la sociedad (coches, vacaciones, ordenadores, smartphones… los ejemplos son infinitos).

En suma:

1. No hay relación entre evolución de precios y bienestar social. Cuando el precio de un bien se reduce, algunos grupos de la sociedad se benefician, pero otros sufren. Lo mismo ocurre cuando el precio de sube.

2. Los precios juegan un papel fundamental a la hora de permitir a los empresarios llevar los recursos allá donde la sociedad los valora más. Interferir con los precios dificulta este proceso por lo que probablemente termina dañando al bienestar del consumidor.

3. Los precios en mercados no intervenidos tienden a reducirse con el tiempo ceteris paribus, por lo que los reguladores no deberían preocuparse sobre su evolución, ni siquiera aunque sus análisis les haga pensar que van a subir en el corto plazo.


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