¿Qué son los neobancos?

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Mireia Cuenca Seguir

Tiempo de lectura: 7 min

Si se lo explicara a mi hija, diría algo así: un banco tradicional es como un lugar al que tienes que ir físicamente para hacer tus cosas con el dinero. Tiene oficinas, mostradores y horarios. Un neobanco, en cambio, es un banco que vive dentro del móvil. No necesitas ir a ningún sitio: todo ocurre en una aplicación que descargas desde un mercado digital/online.

Más allá de la metáfora, la diferencia clave está en el origen. Un banco tradicional nació alrededor de una red de sucursales y procesos físicos que, con el tiempo, se digitalizaron. Un neobanco nació directamente en el entorno digital, pensado como una aplicación para nuestros smartphones.

Eso significa que su producto, su tecnología y su experiencia de usuario se diseñaron desde el principio para funcionar en tiempo real y con total flexibilidad. Con menos fricción y con una lógica más cercana a la de una plataforma tecnológica que a la de una entidad bancaria clásica. Y es ahora cuando se está volviendo más analógico.

En la práctica, bancos y neobancos hacen muchas de las mismas cosas: abrir cuentas, ofrecer tarjetas, facilitar pagos, permitir ahorrar o invertir. Pero lo hacen con una estructura más ligera, muy apoyada en datos y con una capacidad mayor para integrar nuevos servicios digitales y de manera más flexible. Suman clientes de una manera muy ágil, sin necesidad de crecer en red física ni en estructura, y ajustan continuamente la experiencia a la evolución del mercado.

Con este contexto, es más fácil entender por qué algunos de estos actores están ampliando su propuesta de valor y creciendo a un ritmo que ya no puede explicarse solo desde la categoría bancaria tradicional.

¿Por qué los neobancos están ampliando su propuesta más allá de las finanzas?

En los últimos años hemos visto cómo algunos neobancos han dejado de definirse únicamente por su cuenta corriente o su tarjeta. Su evolución ha sido más amplia y progresiva: de resolver un problema financiero concreto a construir propuestas integradas que acompañan al usuario en distintos momentos de su vida digital.

Este movimiento no suele producirse de forma abrupta. Empieza con pequeños añadidos y termina configurando un ecosistema.

¿Cómo evoluciona una propuesta digital cuando alcanza escala?

Los neobancos nacieron resolviendo fricciones muy específicas: comisiones poco transparentes, procesos lentos o una experiencia fragmentada. La tecnología permitió simplificar lo que antes resultaba complejo.

Una vez consolidada esa primera capa, la pregunta natural pasa a ser qué más puede integrarse dentro de la misma experiencia. En muchos casos, la evolución de su propuesta de valor ha seguido una lógica progresiva: inversión, cambio de divisa, seguros, cuentas para empresas, programas de fidelización o suscripciones premium que se han ido incorporando al ecosistema.

Algunos han comenzado focalizados en clientes residenciales y, con el tiempo, han ampliado su oferta hacia el segmento empresarial; otros han seguido el camino inverso. El resultado suele ser un portfolio que termina cubriendo ambos ámbitos.

También ha cambiado el perfil del usuario. Ya no se limita a segmentos jóvenes. La adopción se ha ido extendiendo dentro del propio entorno familiar: padres que abren una primera cuenta digital para sus hijos, o hijos que introducen a sus padres en nuevas formas de ahorrar, invertir o gestionar su dinero desde el móvil, atraídos por la simplicidad y la percepción de mayor control.

Cuando el cliente interactúa con la plataforma de forma recurrente, el perímetro de expansión se amplía.

En ese proceso, algunos actores han empezado a incorporar conectividad móvil basada en eSIM o acuerdos de tipo MVNO. No como actividad central, sino como una funcionalidad complementaria dentro de una experiencia más amplia, especialmente en contextos de viaje o movilidad internacional.

La clave no está tanto en el sector al que pertenecen como en la coherencia del conjunto y en la capacidad de convertirse en una aplicación financiera de uso cotidiano, donde la recurrencia, la simplicidad y la integración refuerzan la relación con el cliente.

¿Qué papel juegan las nuevas tecnologías en esta expansión?

La tecnología no solo permite crear nuevos productos; permite integrarlos sin fricción.

La eSIM, por ejemplo, elimina la necesidad de soporte físico y facilita la activación remota de planes móviles. Esto reduce barreras de entrada y abre la posibilidad de que plataformas digitales de distintos verticales incorporen conectividad como parte de su oferta.

No se trata de sustituir a operadores tradicionales, sino de integrar servicios que antes requerían procesos separados.

Como ha ocurrido en otros sectores, cuando una tecnología simplifica la distribución, aparecen nuevos modelos. Lo vimos con el contenido bajo demanda, con el comercio electrónico o con los servicios financieros digitales. Ahora empieza a observarse también en el ámbito de la conectividad.

¿Qué implica este movimiento para el mercado?

Cuando compañías que no pertenecían originalmente al ámbito de las telecomunicaciones comienzan a ofrecer conectividad, aunque sea de forma complementaria, se generan nuevas dinámicas competitivas.

Por un lado, puede haber impacto en captación de clientes y presión sobre ingresos en determinados segmentos, especialmente aquellos más digitales y viajeros frecuentes. Algunos análisis del sector estiman que, de consolidarse estos modelos a escala, el efecto combinado de pérdida de clientes y presión sobre ARPU podría alcanzar cifras significativas hacia el final de la década en determinados mercados.

Por otro lado, el mismo fenómeno abre oportunidades de colaboración. Las plataformas digitales pueden convertirse en canales adicionales de distribución para ofertas tradicionales, siempre que se diseñen modelos contractuales equilibrados y sostenibles.

Como sucede con muchas transformaciones, el efecto no es lineal ni exclusivamente disruptivo. Es más bien una reconfiguración de las relaciones.

¿Cómo se pueden analizar estas oportunidades?

Cuando se observa esta evolución con perspectiva, suelen aparecer cuatro elementos clave.

  • El primero es el cliente. ¿Valora más la especialización o la integración? ¿Prefiere gestionar cada servicio por separado o dentro de una experiencia unificada “Super app financiera”?
  • El segundo es el activo propio de cada compañía. Infraestructura, tecnología, marca, base de clientes, regulación y capacidad operativa condicionan hasta dónde puede llegar cada actor.
  • El tercero es el contexto: madurez tecnológica, penetración de eSIM, regulación local y comportamiento del mercado. No todas las geografías evolucionan al mismo ritmo.
  • Y finalmente, el cuarto es la mirada transversal. Observar cómo empresas de distintos sectores amplían su propuesta de valor ayuda a entender que este tipo de movimientos no son aislados. Los neobancos que integran conectividad, o las plataformas de contenido que añaden publicidad y eventos en directo, responden a una misma lógica: construir ecosistemas más amplios alrededor del cliente.

¿Qué líneas de actuación suelen plantearse en este escenario?

En contextos donde los límites sectoriales se difuminan, la respuesta suele combinar prevención, exploración y aprendizaje continuo.

Una línea es reforzar un enfoque mayorista estructurado, con acuerdos claros y alineados con los marcos regulatorios existentes, que eviten dinámicas desequilibradas en la cadena de valor.

Otra es explorar la presencia de ofertas propias en plataformas digitales de terceros, priorizando aquellos actores con mayor capacidad de desintermediación o con intención de lanzar servicios propios.

Y una tercera consiste en establecer mecanismos de monitorización constantes: identificar movimientos tempranos, analizar el impacto real en mercado y activar medidas de retención cuando sea necesario.

No se trata de reaccionar cuando el cambio ya está consolidado, sino de entenderlo mientras se produce.

¿Estamos ante un cambio estructural?

Quizá lo más relevante no sea que un neobanco incorpore eSIM o que una plataforma digital amplíe su perímetro. Lo significativo es que cada vez resulta más difícil separar con claridad sectores que antes parecían independientes.

Finanzas, conectividad, comercio electrónico y servicios digitales empiezan a convivir dentro de experiencias integradas. El cliente no organiza su vida digital por industrias, sino por utilidad y simplicidad. Y ahí es donde aparecen nuevas oportunidades: en las intersecciones.

Muchas transformaciones comienzan como una funcionalidad adicional y, con el tiempo, terminan redefiniendo el marco en el que operan las compañías. Por eso, más que el movimiento visible, importa lo que ese movimiento anticipa.

Como en la historia de Jericó, el reto no suele estar en la muralla en sí, sino en atreverse a dar la primera vuelta. El primer paso parece pequeño, incluso simbólico, pero es el que inicia el proceso que acaba haciendo posible el cambio. Entender ese momento y no frenarlo por exceso de prudencia suele marcar la diferencia.

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