Nos encontramos en una era en la que es inevitable deslizar el dedo por la pantalla decenas e incluso cientos de veces cada día. Durante ese proceso, nos podemos topar con imágenes sumamente atractivas, vídeos cortos impactantes o los mejores titulares.
Sea lo que sea lo que se nos muestre, cada vez se tiende más a digerirlo rápidamente y, en unos pocos segundos, nuestro dedo resbala hacia el siguiente contenido en un proceso que podría llegar a ser infinito.
Por tanto, en un contexto como el actual en el que prima la inmediatez, ¿siguen teniendo poder las historias?
Desde sus comienzos, la lectura ha sido básicamente una experiencia lineal, pero la irrupción de Internet hizo que esta estructura mantenida durante siglos saltase por los aires. Comenzaron a surgir los hipervínculos, en los que cada palabra podía suponer una vía de escape hacia otro camino con todo un nuevo mundo por descubrir.
Poco a poco, el avance tecnológico y la consolidación de los smartphones hizo crecer de forma exponencial este proceso y el pase de página se fue sustituyendo paulatinamente por el gesto de “scroll”.
Esto no significa ni mucho menos que hayamos dejado leer. Simplemente, nos hemos ido adaptando y la lectura hoy en día suele ser más breve y visual que hace unas décadas. Por eso mismo, en estos tiempos de scroll, una buena historia narrada de forma atractiva puede trasformar ese efímero instante de atención en minutos e incluso horas de verdadera conexión.
A menudo, se dice que las pantallas y la tecnología han debilitado la narrativa, pero sucede justo al contrario: la potencian y ensanchan hasta límites insospechados. El ejemplo más claro es el de los videojuegos. Se trata, sin duda, de uno de los formatos más potentes que existen, puesto que el lector deja de ser espectador para convertirse en protagonista activo.
Aquí la historia no solo se cuenta, sino que se vive y experimenta de forma integrada. Puede haber diferentes mundos, personajes, tramas secundarias, etc., lo que demuestra que la profundidad narrativa no ha desaparecido, sino que ha crecido y puede ser mucho más intensa.
El desarrollo de las telecomunicaciones ha hecho que una historia pueda cruzar fronteras en cuestión de segundos. El formato puede ser un libro, un podcast o un videojuego, pero lo más importante permanece y siempre hay un relato que nos da eso que tanto necesitamos las personas: emoción.
Más allá de pantallas, algoritmos e inteligencia artificial seguimos portando la misma esencia desde nuestros inicios; esto es, seguimos siendo seres narrativos. Ninguna innovación hasta la fecha ha podido sustituir la búsqueda humana de significado y su necesidad de comprender el mundo y a sí mismo. Las historias no compiten con lo digital, sino que forman parte de ella.
La tecnología hace más fácil el acceso a la información, pero es la narrativa la que convierte dicha información en valor real. En este punto hay que señalar que las organizaciones que entienden el poder de las historias construyen vínculos más sólidos no solo con sus clientes, sino con todas aquellas personas con las que se relacionan (accionistas, empleados…) y la sociedad en general.
Y es que, las historias, pese al cambio de formato y la evolución tecnológica, siguen siendo lo que siempre han sido: un activo estratégico capaz de inspirar y conectar.







