Yo diría que los drones van a dejar de ser “un gadget que vuela” para convertirse en una infraestructura crítica, igual que hoy lo es una red móvil o una flota de camiones. En la primera entrevista hablábamos de tres grandes ejes: más autonomía, más conectividad y más inteligencia, y esto se mantiene, pero cada vez más acelerado.
Veremos drones que no solo hacen una tarea puntual, sino que están integrados en operaciones continuas: patrullando bosques para detectar incendios, inspeccionando infraestructuras todos los días, repartiendo material médico o ayudando en agricultura de precisión casi en tiempo real. Y todo ello coordinado desde centros de control donde un operador gestiona flotas completas apoyado por IA, en vez de un piloto con un dron en modo “artesanal”.
¿Cómo de factible es en el corto plazo la autonomía total de los drones?
La autonomía total “pura”, en plan ciencia ficción, donde los drones toman cualquier decisión sin ningún tipo de supervisión humana, todavía está lejos y además no es deseable en todos los casos. Pero una autonomía operativa muy alta, en escenarios concretos y controlados, ya es técnicamente posible y en algunos casos se está probando.
Hoy ya podemos programar rutas, definir zonas de trabajo, automatizar despegues y aterrizajes, e incluso permitir que el dron reaccione a ciertos imprevistos como viento, obstáculos o cambios de ruta. Lo que está marcando el ritmo no es tanto la tecnología como la regulación y la aceptación social: podemos hacer más cosas de las que la normativa todavía permite de forma generalizada.
¿Qué relación tiene la regulación con esta autonomía de los drones?
La relación es total: sin regulación adecuada no hay autonomía operativa posible, sobre todo cuando hablamos de volar sobre personas, en ciudad o compartiendo espacio con aviones y helicópteros. En España, como contábamos en la primera entrevista, AESA sigue el marco europeo y distingue categorías según el riesgo, y eso condiciona qué nivel de autonomía puedes aplicar.
Para que un dron opere de forma muy autónoma necesitas demostrar que el sistema es seguro, que sabes cómo gestionas fallos, que tienes procedimientos claros y que puedes mitigar riesgos en tierra y en el aire. Por eso son tan importantes las autorizaciones en categoría “específica”, los escenarios estándar y las evaluaciones de riesgo: son el puente entre lo que la tecnología puede hacer y lo que la sociedad está dispuesta a aceptar.
¿Qué pros y contras presenta esta autonomía?
Los pros son enormes. La autonomía permite escalar: pasar de hacer una inspección al mes a hacer una inspección diaria sin multiplicar por diez el personal. También reduce riesgos: menos gente subiendo a torres, entrando en zonas peligrosas o desplazándose cientos de kilómetros.
Pero hay contras y riesgos que hay que tomar muy en serio. Uno es el riesgo tecnológico: más autonomía significa más dependencia del software y de la ciberseguridad, y cualquier fallo puede tener impacto físico. Otro es el riesgo social: si la ciudadanía percibe que los drones “van solos” por encima de sus casas sin garantías claras de privacidad y seguridad, el rechazo puede frenar proyectos muy valiosos.
Por eso creo que el modelo razonable es hablar de autonomía supervisada: mucha capacidad de decisión en el dron y en la plataforma, pero siempre con capacidad humana de supervisar, auditar y tomar el control en situaciones críticas.
Otro rasgo futuro de los drones es el aumento de aquellos que operan más allá del alcance visual, los BVLOS. ¿Cuál es la importancia de este tipo?
En la primera entrevista hablábamos de la gran limitación del modelo VLOS, el de “ver siempre el dron”. Mientras estés obligado a tener el dron a la vista, te mueves en radios muy pequeños, de cientos de metros o, con suerte, un kilómetro: eso está bien para ciertas tareas, pero no para inspeccionar una línea de alta tensión de 50 km o monitorizar un gran bosque.
Los vuelos BVLOS, más allá del alcance visual, son los que convierten el dron en una herramienta realmente útil a escala, porque te permiten cubrir grandes distancias y gestionar flotas desde centros de control remotos. Y aquí es donde tecnologías como el 5G, en las que trabajamos desde Telefónica, son clave: necesitas vídeo en tiempo real, baja latencia y conectividad robusta para que el operador tenga “ojos y manos” sobre el dron, aunque esté a cientos de kilómetros.
¿A qué retos se presenta?
Hay retos técnicos, regulatorios y operativos. Técnicamente, tienes que garantizar que la conectividad no se corta, que el dron detecta y evita obstáculos, que sabe qué hacer si pierde enlace o si cambia el entorno. Desde el punto de vista regulatorio, necesitas marcos claros para compartir el espacio aéreo con la aviación tripulada y para proteger la privacidad de las personas sobre las que vuelas.
Operativamente, el reto es pasar de “un piloto, un dron” a modelos donde un operador pueda supervisar varios drones sin perder seguridad. Eso exige desarrollar nuevas herramientas de gestión de flotas, nuevos procedimientos en los centros de control y también nuevas competencias en los equipos.
¿Qué papel van a jugar la integración de la IA y el Big Data en el futuro de los drones?
La IA y el Big Data son, en realidad, lo que convierten al dron en algo mucho más que una cámara voladora. Un dron genera enormes volúmenes de datos: vídeo, imágenes multiespectrales, información de posición, telemetría… Si solo los guardas en un disco no aportan valor; si los analizas con algoritmos de visión artificial y de machine learning, se convierten en decisiones.
En la primera entrevista poníamos ejemplos: un dron que recorre un bosque y detecta antes de tiempo un posible incendio, o que inspecciona cultivos y diferencia una falta de riego de una plaga concreta para recomendar un tratamiento específico. Para eso necesitas tres cosas: que el dron pueda enviar datos en tiempo real, que haya capacidad de procesamiento (en la nube o en el edge) y que tengas modelos de IA entrenados con datos de calidad.
Desde Telefónica vemos a los drones como un nodo más dentro de un ecosistema conectado: se integran con sensores IoT, con redes 5G, con plataformas de analítica y con sistemas de negocio de los clientes. El valor ya no está en “tener drones”, sino en ser capaz de orquestar todos esos elementos para resolver problemas reales de industrias como la energía, la agricultura, la logística o la administración pública.











