Decidir con un algoritmo: la nueva dependencia de las pantallas

Hace unos días me encontré leyendo un nuevo estudio sobre tecnología, y la verdad es que me dejó dándole vueltas a una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estamos permitiendo que la inteligencia artificial decida por nosotros?

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Beatriz Flores Seguir

Tiempo de lectura: 4 min

No hablo solo de elegir la ruta más rápida en el GPS o la canción ideal para animarnos una mañana gris. El último informe de Plan International, Así hablamos: las voces de la adolescencia, basado en más de 3.500 encuestas, muestra algo más profundo: muchas personas de edad temprana en España consideran la IA como su fuente más fiable para resolver dudas importantes, incluso aquellas que afectan a su futuro académico, su salud o sus relaciones personales.

Esto me hizo reflexionar sobre un fenómeno global: una creciente dependencia emocional y cognitiva de sistemas que, aunque potentes, no son humanos ni infalibles. ¿Qué implica esto para la autonomía, el pensamiento crítico y la capacidad de tomar decisiones informadas?

¿Qué nos dicen los datos del estudio?

  • 60% de los chicos y chicas considera la IA una segunda opinión experta e imparcial, complementaria a la de sus familias o amistades.
  • 30% la utiliza para decisiones importantes como elegir entre Bachillerato o FP, iniciar una dieta o resolver conflictos con amigos.
  • 1 de cada 5 chicas comparte aspectos personales con IA, y más del 80% teme que su imagen se use para crear contenido sexual falso.
  • 43% recurre a IA para gestionar problemas cotidianos, incluso para responder mensajes y evitar discusiones sociales.
  • Solo el 38% reconoce que la IA puede tener sesgos, lo que revela una confianza casi ingenua en su supuesta neutralidad.

Y los testimonios hablan por sí solos:

“Le pregunté cómo solucionar un conflicto con mi amiga y me explicó todo; ya está todo bien.” (anónima, 15 años)
“Hace dos años iba a pasar a Bachillerato o FP… y le pregunté cuál era más beneficioso para mí. Me ayudó a decidir.” (anónimo, 17 años)

Para muchos adolescentes, la IA es “alguien que lo sabe todo”, “mi fuente más fiable” y, sobre todo, un refugio frente al miedo al juicio que perciben en su entorno familiar y social.

¿Por qué confían tanto en la IA?

La respuesta parece sencilla: la IA no juzga, no se enfada y está disponible 24/7. Y en un mundo donde todo es inmediato, se convierte en una vía rápida para resolver dudas sin exponerse a críticas.

Pero esta confianza plantea riesgos:

  • Dependencia emocional y pérdida de autonomía: si dejamos que un algoritmo piense por nosotros, ¿qué pasa con nuestra capacidad de razonar y equivocarnos? ¿qué pasa con la capacidad de pensar críticamente?
  • Sesgos invisibles: la percepción de imparcialidad es engañosa; los algoritmos también tienen sesgos.
  • Brecha familiar: la IA puede ampliar la distancia natural entre padres e hijos, sustituyendo el diálogo por respuestas automatizadas.

Brecha de género y vulnerabilidad digital

El informe alerta sobre tensiones sociales:

  • Más del 80% de las chicas teme el uso indebido de imágenes para crear contenido sexual falso.
  • El 72% de los chicos manifiesta temor a ser acusado injustamente de violencia de género, mientras las chicas apoyan políticas de igualdad y protección.

La IA no resuelve estas tensiones, pero sí influye en cómo se viven y se gestionan. Actúa como un mediador silencioso, presente en más decisiones de las que imaginamos.

Como madre, ¿qué me preocupa?

Lo admito: este informe me inquieta. Me preocupa imaginar que mi hija, en un momento de duda o vulnerabilidad, prefiera preguntar a una máquina antes que a mí. Que la IA se convierta en su confidente para gestionar relaciones, emociones o decisiones vitales. Porque si el diálogo humano se reemplaza por un algoritmo, ¿qué espacio queda para la empatía, el aprendizaje y el vínculo familiar?

La adolescencia en sí ya es una etapa que empuja a los hijos a tomar distancia; la IA puede convertir esa distancia en un muro. De repente, los padres pasamos a ser “el enemigo” relegados al papel de “los que no entienden”, mientras las conversaciones importantes se trasladan a una pantalla. Y ahí surge la pregunta clave: ¿cómo educamos para que la tecnología sea una herramienta, no un sustituto del diálogo familiar?

El reto: educar en pensamiento crítico

Lo he dicho muchas veces y lo repito: no se trata de demonizar la tecnología. La IA tiene ventajas evidentes: ayuda en los estudios, ofrece información al instante y puede ser un apoyo. Pero debemos enseñar a nuestros hijos que la IA no decide por ellos. Que la confianza profunda se construye en una conversación real, con matices, con silencios, con miradas.

Como sociedad, el desafío es doble:

  • Formar en ética digital y autonomía personal.
  • Crear espacios de diálogo donde la tecnología complemente, en lugar de reemplazar, la relación humana.

Porque si no lo hacemos, corremos el riesgo de criar una generación que confía más en un chatbot que en el consejo de sus propios padres.

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